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Al anunciar el Evangelio, ten en cuenta el perfil del destinatario

Cuando de anunciar el Evangelio se trata, el cómo es tan importante como el qué. Aunque esto parece obvio y abarca a cualquier expresión del Evangelio, voy a centrarme en un aspecto del anuncio del Evangelio que es importante.
A menudo, llevados del deseo de anunciar, nos traiciona la buena voluntad y no medimos lo que decimos en función de quién esté delante.

Decir buena voluntad a menudo es la manera que tenemos de disfrazar la imprudencia, la falta de discernimiento y de sensibilidad hacia nuestro destinatario.

Me refiero a todos esos casos en los que compartimos expresiones, contenidos o ideas que pretenden anunciar el Evangelio al otro, pero que no le tienen en cuenta, es decir, se considera solo en mensaje sin pensar en el destinatario.

Es algo particularmente frecuente en los foros de chat aunque también se dan en los ámbitos de cercanía como la familia u otros de confianza.

Soltamos y compartimos cosas que presuponen fe a personas que ni la tienen ni lo pueden entender. Directamente no nos siguen o desconectan. En ambos casos, hemos dejado de ser eficaces y no estamos cumpliendo con nuestra misión.

Del mismo modo que un padre es capaz de hablarle a un hijo ajustando sus expresiones y la pedagogía necesaria adaptada a su capacidad de entendimiento, igualmente debemos hacer otro tanto cuidando nuestras expresiones ante los que no creen o están alejados o carecen de una formación suficiente. ¿Significa esto que hemos de dejar de anunciar? No, solo implica que analicemos antes quiénes estarán ante nosotros, qué situaciones viven, qué procesos personales siguen, qué capacidad de entender tienen en relación a lo que tenemos intención de decir.

Hay mensajes que son para todo el mundo si se expresan conforme a ello, así lo hacía Jesús. Sin embargo, hay mensajes que no pueden ser comunicados a cualquiera y en cualquier momento. Jesús seleccionaba qué mensajes daba a sus discípculos y cuáles a sus apóstoles, así como los que eran susceptibles de ser escuchados por todos; Jesús dosificaba los anuncios del Reino y sus consecuencias.

Jesús, tenía en cuenta el proceso que llevaban las personas que le escuchaban. Buena prueba de ello son las expresiones suyas referentes a cosas que los discípulos no podían entender aún; las cosas que aún debían mantener con discreción frente a otros porque se requería un cierto recorrido, unas ciertas vivencias para poder, no ya entenderse, sino asumirse.

También recordaremos cómo el eunuco expresa a Felipe que quiere conocer más sobre Jesús pero no tiene quién se lo explique. Se hace un énfasis en la necesaria pedagogía del anuncio del Reino pues, por mucho que nos parezca lógico al vivirlo, no es evidente ni mucho menos.

Ciertamente, Jesús es un maestro de la comunicación. A veces nos sorprende con interpelaciones y preguntas abiertas; deja pensando a su interlocutor; no le importa cuestionar en determinados contextos o incluso tener palabras fuertes si hace falta.

Justamente por ello, a imitación suya, hemos de caer en la cuenta de que nuestra comunicación también es una cuestión de discernimiento y que debemos reflexionar antes de expresarnos, analizar el contexto de nuestros interlocutores… no dar por hecho que nos van a entender. Hay cosas de nuestra fe que son contraituitivas y solamente se entienden a posteriori con una contemplación adecuada, un proceso de fe existente y no podemos presentarlas sin más a cualquiera.

Llamar necios a los que no creen, hablar de problemáticas de la Iglesia delante de increyentes que carecen de los elementos precisos sin dárselos, como se ve muchas veces en las conversaciones de familias de mayoría creyente, es no seguir la pedagogía de Jesús.

No obstante, no debemos desconocer una cosa, al final incluso un mensaje comunicado de manera torpe puede cumplir su misión – sembrar – si el mensajero transmite su vivencia de la fe al hacerlo, pues entonces es claro que la fuerza ya no está solamente en la palabra palabra, la palabra se vuelve medio ideal para el testimonio.