El Inglés en los colegios, una excelente oportunidad para evangelizar

Cada vez más colegios en más regiones apuestan por el Inglés en su programa formativo. Ya sea mediante programas tipo BEDA, ya sea en centros plenamente bilingües, el Inglés está cobrando un gran protagonismo. Y lo que es más importante, reseñar que las nuevas generaciones cada vez lo adquieren más pronto y con mayor dominio.

De lo que hablamos es de la cultura como medio para abrir los sentidos del evangelizando.

Esto representa una gran oportunidad para evangelizar. Pensad en la cantidad de materiales que existen en Inglés. Muchísimos de gran calidad. Existen vídeos, canciones, artículos. Hay mucho más material en Inglés libre, accesible y gratuito que en español.

Personalmente soy muy aficionado a las canciones de los grupos evangélicos por la gran musicalidad y su sonido actual pero no desprovisto de misticismo. De hecho, creo que la música pop y rock religiosa americana, australiana etc. es muy superior a la de habla española, que se ha quedado un poco en la canción ligera de índole religiosa – es solo mi opinión – y que normalmente solo gusta a un colectivo muy concreto y reducido.

Otro tanto sucede con materiales de vídeo. Puede haber sinergias grandes entre la clase de religión en Inglés y la de Inglés propiamente dicha. Ahí están los pedagógicos vídeos de Nooma o canciones de la ex Destiny’s Child Michelle Williams “When Jesus say Yes” que tiene ritmo, es muy musical y alegre y no le falta mensaje.

Lo mismo sucede con los discos y conciertos de Newsboys o de uno de sus vocalistas, Peter Furler, que es capaz de cantar el Salmo 23 con un ritmo llamativo y que engancha bastante.

 

Tenemos que hablar de las Fake News, en serio

Un buen termómetro para conocer si nuestros fieles profundizan o no y cómo responden a sus impulsos lo podemos encontrar en su reacción cuando reciben un mensaje de las cadenas de noticias falsas que circulan de chat en chat por Whatsapp y las Redes Sociales.

Todos hemos recibido mensajes alarmantes y falsos sobre la salud del Papa o sobre textos que se le atribuyen. No me llama la atención recibirlo de alguna persona con poca trayectoria en la fe, me impresiona que me lo manden cristianos que están en camino desde hace años y que envían informaciones de terceros sin tomarse ninguna molestia en comprobar la fuente, la veracidad o el rigor de lo que reenvían.

Es una irresponsabilidad.

Y lo peor de todo: resta credibilidad a quien lo manda.

Si por algo nos evangelizamos los unos a los otros es por la credibilidad o autenticidad que nos testimonia la vida del otro. Cuando se mandan textos preelaborados con informaciones puramente falsas estamos colaborando a crear confusión en los destinatarios lo que es contrario al espíritu de evangelización del hermano.

Además, contribuimos y multiplicamos la exposición al ruido de nuestros hermanos en la fe y, por tanto, le restamos oportunidades al Espíritu Santo para que pueda tener una palabra en el necesario silencio de cada persona. En una vida moderna ya llena de por sí de estímulos que desvían la atención hacia lo importante, enviar informaciones falsas por la única razón de que no han sido comprobadas es complicarle la labor al Espíritu Santo. En lugar de allanar sus caminos, los complicamos.

Si recibes o sabes de personas que son activas en estas cadenas de mensaje, toma postura al respecto. Lo primero de todo es verificar la fuente. Si alguien te manda algo alarmante, pregúntale acerca de lo que ha enviado, si esa persona desconoce más detalles de lo que manda, elimínalo. Otra opción de verificación es introducir el texto recibido en Google para comprobar si ya hay alguien que haya calificado la información como Hoax o noticia falsa. Si son palabras del Papa, por ejemplo, lo lógico sería pensar que estarán publicadas en la web oficial del Vaticano y se podrán comprobar con facilidad.

Si la persona no resiste el impulso de mandarlo sin una mínima comprobación, es que no tiene una búsqueda sincera de la verdad y sin esto, no hay un verdadero camino de fe tampoco. Aquí el pecado de pereza explica muchas cosas probablemente.

Me llama la atención cuando esto sucede entre personas que son catequistas o tienen responsabilidades pastorales. Notas que no hay un contraste de fuentes.

La vida moderna occidental se caracteriza de forma creciente por una hiperestimulación de los sentidos y los impulsos. Quienes envían este tipo de informaciones tienen como objetivo recabar datos o sembrar la confusión en las personas. Esto último es algo obvio cuando se atribuyen palabras al Papa que él no ha expresado y que, frecuentemente, suelen contener mensajes totalmente contrarios a la fe ocultos bajo capa de bien. Suelen ser textos donde el trigo y la cizaña crecen juntos.

Un creyente en autenticidad contrasta las fuentes y cuanto más lo hace, más afina su discernimiento y más capacidad tiene para detectar cuándo las informaciones chirrían. Si damos por bueno lo primero que nos llega, difícilmente podremos alcanzar la Verdad. Cuando Jesús nos llama a la vigilancia en el Evangelio también nos llamaba a analizar la realidad con sentido crítico. En otro caso, nunca distinguiremos al profeta verdadero del falso y con ello, podemos llegar a tener muchos equívocos sobre la fe.

 

Sucedáneos en la evangelización

Recuerdo que estaba en la celebración de una boda. Era el momento de proclamar la segunda lectura: una carta de San Pablo. A la segunda frase me chirrió profundamente lo que oía. No porque el mensaje no fuera bonito sino porque el estilo y lenguaje de algunas frases no me cuadraba. Al salir de la celebración varias personas comentaron la belleza de lo leído. Mantuve cierto silencio y al cabo de unos días pedí a la novia que me enviara el texto de dicha carta porque “no me sonaba del todo” y me resultaba extraño. Cuando me lo envió confirmé mi intuición: al sacerdote y los novios – con nula formación y proceso – no se le había ocurrido otra cosa que fundir varias partes de una misma carta de San Pablo y añadir frases de cosecha propia.

Ni qué decir tiene que lo proclamaron como Palabra de Dios. Y todo ello en un insigne templo católico de Madrid (seguramente cedido para la ocasión y con sacerdote no habitual).

Es un hecho frecuente que claramente perjudica la Nueva Evangelización de los fieles. La responsabilidad suele ser de cierto tipo de sacerdotes principalmente.

Me refiero a todos esos casos en los que se rebaja la grandeza de las expresiones de la fe previstas en las liturgias en sus diversas formas a base de sustituir lo que la Iglesia tiene aprobado por sucedáneos presumiblemente más digeribles por los fieles.

Sería el caso de la experiencia que he contado o de la sustitución de determinadas plegarias durante la eucaristía por formulaciones propias; el cambio de textos evangélicos por otros adaptados; el cambio de fórmulas como el Credo durante el bautismo por credos de elaboración propia aparentemente más modernos; prescindir de la vestimenta de los sacerdotes que, fuera de casos extraordinarios y sin motivo justificado, prescinden de estolas y casullas al celebrar la misa en pequeños grupos para resultar “más cercanos”.

Y así, poco a poco, se van buscando motivos para ir rebajando y cambiando lo que nos une en la Iglesia por particularismos que suelen ser buena expresión de la ideologizada fe de quienes, sin motivo trascendente, así actúan. Paso a paso, se encargan unos y otros en volver sosa la sal que hemos recibido.

Y generalmente, cuando uno trata de indagar en los motivos para tales cambios, se encuentra con respuestas de lo más oportunistas que lo único que hacen es esconder el afán de quien así hace de sustituir la voluntad de la Iglesia por la suya propia sin encomendarse a nadie.

La explicación que más a menudo he recibido al respecto revela la propia inoperancia del quien la facilita. Me refiero a cuando se alega que se hace por motivos pedagógicos en la idea de que es más fácil o accesible la última ocurrencia del religioso o agente pastoral de turno que el acervo de que disponemos. Y digo tal cosa porque en el fondo lo que se esconde es la falta de esfuerzo en hacer brillar la simbología, liturgia y acervo de nuestra fe; en lugar de hacer un mayor esfuerzo por explicar los significados; por encontrar maneras de resaltar la grandeza de nuestros signos, se opta por atajos y rebajas bajo capa de bien.

Y si esto que comento tiene que ver con la evangelización es porque a causa de dichas maneras de proceder, se va incapacitando a los fieles para asombrarse ante el Misterio; para maravillarse ante formas y modos que lo son porque así lo está queriendo el Espíritu Santo que continuamente inspira a la Iglesia.

El resultado de proceder así es que los católicos pierden su capacidad de asombro; su sensibilidad para lo simbólico; su apertura a trascender lo que ven. Y lo que es más importante: los fieles adquieren la mentalidad de que algunas cosas se pueden relativizar sin más.

En definitiva, tenemos tesoros en la Iglesia que no deben ser sustituidos, sino descubiertos o redescubiertos. Apostemos por recuperar la fuerza de la simbología; la belleza de la liturgia; esforcémonos por hacerlos accesibles, le haremos un mayor favor a nuestra fe; los alejados reconocen más autenticidad en el rigor que en la puesta en escena facilona. No echemos en saco roto la Gracia de Dios como dice San Pablo, de hecho, aprovechémosla.

De hecho, este tipo de cosas nos sitúan ante el verdadero discernimiento: por ejemplo, cuando sustituimos una plegaria de la liturgia en la eucaristía por un bonito poema – por muy místico que sea – es que no nos hemos dado cuenta de varias cosas:

a) La plegaria tiene un sentido, significado y tradición que será difícilmente igualable por un poema;

b) Si lo sustituimos porque pensamos que “queda mejor” o “será más accesible al pueblo de Dios” es que el problema es nuestro por no saber hacer llegar la trascendencia de la plegaria. Es decir, el problema es nuestro, no de la liturgia.

c) El poema místico puede ser un buen medio en otro contexto que probablemente no se esté utilizando debidamente: puede ser idóneo para una paraliturgia o para un encuentro catequético o para alguna dinámica kerygmática. Pero claro, todo esto, exige más trabajo.

Lo mismo puede suceder con el autoengaño de que no llevar las vestimentas sacerdotales en la misa en celebraciones más íntimas bajo el pretexto de ser “más cercanos”, en realidad, oculta el hecho de que el sacerdote no necesita ser “más cercano” en ese momento si lo es habitualmente. En cambio, está restando solemnidad, hay una pérdida de simbología, una mundanización de lo sagrado…

Se confunde el abajamiento con el rebajamiento. El matiz es importante.

Es decir, a cada medio le corresponde su momento, lugar, contexto… no se trata de negar la creatividad, se trata de aplicarla donde se debe.

Por qué considero que es más evangelizador que los niños que celebran la Primera Comunión lleven un alba o túnica en lugar de traje de marinero o de princesa

La respuesta corta es muy sencilla: el alba es un signo que revela aspectos importantes de la condición de cristiano y ayuda a crear conciencia para caer en la cuenta de ello, mientras que el traje de marinero o de princesa es una manifestación de la secularización que rodea este sacramento.

Así es, no se trata de una vuelta a un tradicionalismo o historicismo de determinado tipo; se trata más bien de apostar por aquello que verdaderamente ayuda a centrarse en el sentido del sacramento que se celebra y, por ello, a apartarse de aquello que dispersa de dicha atención.

La túnica o alba nos lleva a Jesús, el traje de princesa es postureo.

Si nos detenemos un momento a repasar las celebraciones de comunión a las que hayamos podido asistir habremos notado que, en general, los niños no suelen acudir con el mismo vestido. De manera general, en España, los niños van con traje de “marinerito”, traje normal o simplemente bien vestidos; las niñas, por su parte, suelen ir ataviadas de forma que evoca claramente a una novia o a una princesa de otros tiempos.

Con una simple búsqueda se puede constatar cómo las revistas y Medios de moda y de tendencias le han dado un espacio propio a este tipo de vestimenta hasta el punto de darle más importancia a este elemento accesorio que a la propia celebración por el que se llevará. Y cuando comprobamos que ya se habla de “colecciones” de temporada, podemos afirmar que ya se nos ha escapado de las manos y que el tema no puede seguir por más tiempo. Se trata, de hecho, en un ejemplo típico de cómo la secularización y el “espíritu de este mundo” se cuela por las rendijas de la fe católica; de la Iglesia, vaciando de contenido sus momentos y vivencias más importantes convirtiendo lo que son medios en fines, es decir, exagerando la importancia de lo que no deja de ser un instrumento para acercarse a Dios.

Del mismo modo que uno no ve “colecciones” de vestiduras de sacerdotes y religiosos, tampoco debería ver colecciones de trajes de comunión con catálogos donde los niños posan como si fueran modelos y donde claramente se aprecia que el objetivo es presumir y no el paso que se va a dar.

Por eso propongo que convirtamos en el “nuevo normal” el vestir a los niños y niñas con una túnica o alba y otras razones para ello serían estas:

Los niños van todos iguales lo que es importante no tanto por un afán de igualitarismo sino porque les recuerda que son todos igualmente dignos hijos de Dios.

Frente a cualquier despiste de los padres buscando proyectar su necesidad de ser reconocido por los demás vistiendo a sus hijos para ser admirados, hacerlo con una túnica evita contribuir a este desorden.

El carácter simbólico del alba juega un papel de enorme trascendencia pues:

Así como en el sacerdote es un signo de su vocación a la pureza y a su necesidad de ser purificado, el niño que porte una túnica porta en sí mismo toda una catequesis sobre lo que va a celebrar.

Vestirse con una túnica es mucho más que ataviarse, es “revestirse” de la novedad de ser cristiano.

Cada vez es más frecuente que los niños varones no lleven ningún traje sino que directamente se les pone guapos pero con cualquier vestimenta que hayan elegido los padres. En cambio, con una túnica se asegura que el color será el blanco con toda la fuerza simbólica que tiene.

Del mismo modo que los Abogados y Procuradores disponen de Salas de Togas en los Tribunales de Justicia, las parroquias y colegios donde se celebran todos los años los sacramentos pueden disponer de túnicas de diversos tamaños que eviten a los padres tener que gastar dinero solamente para esta celebración lo que supone vivir la austeridad propia de un espíritu vigilante en la fe.

Que todos los niños vayan igual no deja de ser también un signo de pobreza, evangélicamente entendida, a la que todo católico está llamado.

Finalmente, yo creo que de esta manera se contribuye a que el sacramento se reciba con una disposición más adecuada armonizando adecuadamente las dimensiones “ex opere operator” y “ex opere operantis” cuidando también en este aspecto la disposición de los niños que darán el paso.

Por tanto, apostar por túnicas o albas de estas características permite a los niños y a la asamblea percibir mejor la importancia de lo que se está celebrando; estar centrado en lo verdaderamente importante y evitar las tentaciones de obsesionarse con aspectos banales que alejan al niño y su familia de lo que es central en la fe y, en definitiva, ayuda a los niños a catequizarse a través del gesto de revestirse de manera adecuada todo lo cual se pierde si se sigue permitiendo que cada familia haga lo que quiera.

Existen parroquias, como la de Cristo Sacerdote en Madrid o colegios como el Colegio de Jesús, que ya han empezado a establecer esta pauta de manera clara.