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Discernimiento vs. valores evangélicos, el elefante en la sala del que hay que hablar

Ni la santidad es un voluntarismo basado en hacer buenas obras, ni la fe es una mera creencia. Y ¿Qué tiene ello que ver con el discernimiento? Pues todo.

La santidad no consiste en hacer cosas buenas sino en vivir lo que Dios quiere. No es lo mismo. La preeminencia está en buscar lo que Dios quiere no en lo que queremos nosotros aunque nos parezca bueno.

Hay varios pasajes del Evangelio que ponen de relieve el énfasis que pone Jesús en discernir la voluntad de Dios. Así, por ejemplo, cuando Jesús se encuentra con el joven rico, este le viene a demostrar que es un hombre que cumple los mandamientos, que hace bien las cosas. Sin embargo, no cumple con la voluntad de Dios, porque sus apegos le impiden hacer lo que Jesús le pide: que le siga en la manera en que él le pide que le siga, no como el joven rico tenía previsto. Si el joven rico hubiera discernido su relación con las cosas, se habría dado cuenta de que el apego a sus bienes le apartaba de Dios y que sus actos de bondad no eran suficientes para unirle a él, como Dios le tenía pensado.

Pero si existe un pasaje evangélico paradigmático sobre el discernimiento, este es cuando encontramos al joven Jesús en el templo. Efectivamente, a Jesús sus padres le creían en la caravana, porque eso era lo que se suponía que tenía que hacer. Sin embargo, Jesús discernió que tenía que quedarse en el templo de su padre hablando con los expertos. El Evangelio nos presenta un conflicto entre dos situaciones buenas.

Resulta revelador porque presenta a Jesús ante una disyuntiva: hacer algo bueno, esto es, permanecer en la caravana como le era propio y lógico o hacer lo que Dios quería; permanecer en el templo compartiendo con los doctores de la ley.

Jesús afina mucho porque el evangelio no nos ahorra que ante la perplejidad de María y José, responde con un ¿no sabíais? que es casi un reproche. La interpelación de Jesús la guardó después María en el corazón para rumiarla porque María discernía también según los acontecimientos que la iban descolocando porque, efectivamente, ella no sabía, ella había dado por hecho otra cosa.

El caso es que hay toda una inercia en el pueblo de Dios dentro de la Iglesia que mantiene a los fieles estancados en su proceso. Los agentes de pastoral tienen una tendencia enorme a limitar su actividad a reducir el evangelio a un sistema de valores, en lugar de enseñar a los catecúmenos a discernir la voluntad de Dios, como si toda la voluntad de Dios fuera hacer cosas buenas sin consultarle a él lo que él quiere que vivamos.

Si la fe se redujera a lo que comúnmente se llama “valores evangélicos” nos bastarían los mandamientos, sin embargo, los valores del Evangelio no son lo que comúnmente entendemos, sino los que permiten a Dios ser Dios en en nosotros.

El discernimiento, de hecho, no se produce realmente entre algo bueno y algo malo, se produce entre dos bienes, entre dos cosas buenas. Por eso, Jesús se apenó cuando el joven rico eligió no seguirle; prefirió una fe basada en actos de bondad que no caen sino en la autojustificación. El joven rico huyó de la auténtica fe, la que se basa en hacer lo que Jesús quiere, porque prefirió montarse una fe en actos de bondad que le justificasen.

Esta falta de aprendizaje sobre la fe como discernimiento permanente sobre lo que Dios quiere, es lo que lastra la autenticidad de la fe de los creyentes, quienes viven pensando que creen cuando realmente lo que tienen son creencias. La falta de discernimiento es la diferencia entre una fe sociológica y una fe de opción. Ya lo dijo San Pablo, creer es dejar que ya no sea yo quien viva, sino que sea Cristo quien viva en mí.

Mientras no enseñemos a los catecúmenos a discernir la palabra encarnada de Dios en sus vidas, no estaremos promoviendo la verdadera fe, la que Dios quiere. No solo eso, una fe sin discernimiento es una fe abocada a la tentación del pelagianismo, de la racionalización de una fe desencarnada que prescinde de la razón principal, la razón de Dios para cada cosa; pero también destinada a la tentación del materialismo que pretende, por ejemplo, la Teología de la Liberación. Ambas tentaciones caen en lo mismo, en reducir la fe a un sistema moral en el que hacemos decir a Dios lo que queremos que diga según el planteamiento ideológico previo.