El uso del argumento de autoridad como forma de infantilizar a los fieles

Infantilizar a los fieles y limitar la acción del Espíritu Santo sobre ellos.

Para quienes no sepan lo que es el argumento de autoridad, es aquel por el cual se toma como premisa de lo que se dirá después la opinión de quien es considerado una «autoridad» en el asunto, es decir, de alguien que es considerado un experto en la materia.

O dicho de otro modo, se usa para reforzar un argumento por la forma y no por el fondo. Es decir, el argumento no es tan convicente por sus propios razonamientos como porque se apoya en alguien que también sostiene ese mismo criterio pero al que se atribuye una autoridad superior que hace innecesarias mayores indagaciones.

La Wikipedia lo explica mejor aún con el siguiente ejemplo: Los pitagóricos utilizaban este tipo de argumento para apoyar su conocimiento: si alguien les preguntaba «por qué», respondían «el maestro lo ha dicho».

El uso del argumento de autoridad es una falacia y, sin embargo, es recurrente que muchas personas en la Iglesia sistemáticamente incurran o recurran a ello. Si incurren suele ser por descuido o ignorancia y si recurren a ello suele ser para persuadir sin argumentos, esto es, para manipular (dolosa o imprudentemente).

Es muy preocupante advertir cómo en los medios católicos se encuentra el argumento de autoridad casi a diario y más aún porque, en ocasiones, las falacias pueden ser muy sutiles y persuasivas, por lo que se debe poner mucha atención para detectarlas.

El problema, precisamente, es que cada vez se leen las cosas con menos profundidad, menos rigor y menos sistemáticamente lo que hace que detectar la manipulación sea aún más complicado.

Los artículos se llenan de argumentos de autoridad ante la pobreza, sesgo y omisiones de sus argumentos con el único afán de convencer al lector. Sin embargo, el lector, precisamente porque es un creyente, no debe ser convencido sino enseñado y orientado a descubrir la Verdad. Y la Verdad no necesita de argumento de autoridad más que el Evangelio.

Para que surta más efecto casi siempre se utiliza el argumento de autoridad al inicio del artículo. Lo que se busca al hacerlo así es predisponer al lector a que lea lo que siga a continuación ya condicionado, influido o convencido abusando de la tendencia del lector menos preparado a validar su criterio. De esta manera, se busca minimizar las posibilidades de que el lector cuestione las palabras del autor.

Este tipo de técnicas vino siendo denunciada con cursos y libros desde hace décadas por Alfonso López Quintás y no es nuevo. Sin embargo, él lo refería más al mundo convencional y, en cambio, se habla poco de su utilización dentro de la Iglesia. La Evangelización requiere un sujeto libre y no manipulado, convencido por sí mismo y no por el peso de argumentos formales que le hacen situarse en inferioridad. Ello no excluye citar a otros autores lógicamente pero aquí no hablamos de eso sino de una técnica concreta de comunicar.

La forma de usar de esta manera el argumento de autoridad en los artículos es diversa. Normalmente requiere de la combinación de uno o dos elementos. Si el citado es suficientemente conocido y reconocido, basta con mencionar su nombre (Mozart, Einstein). En cambio, si el citado realmente no es tan renombradamente conocido, se menciona su nombre y un título o directamente su currículum o se le otorga artificialmente una categoría por el propio autor del artículo que le califica como eminencia.

Ejemplos los hay múltiples. Uno reciente sería el de este artículo donde al titular amarillista le sigue como primer párrafo el siguiente argumento de autoridad: Thomas Weinandy, capuchino y uno de los teólogos más importantes del mundo, ha sido cesado de la Conferencia Episcopal estadounidense tras escribir una carta abierta al Papa Francisco pidiéndole que termine con el “caos en la Iglesia”. Una “señal del cielo”, dice, le impulsó a escribir el texto.

Como se puede ver, la pregunta del lector con criterio salta a la primera: ¿Y por qué va a ser uno de los teólogos más importantes del mundo? ¿En base a qué? ¿Solamente porque lo dice el autor? ¿Qué aporta tal posibilidad? ¿Que lo fuera supone que no se equivoca nunca o que lo sabe todo?

Sin embargo, la manipulación va más allá del argumento de autoridad convencional porque aquí se apela directamente también a lo emocional y a lo incomprobable al citar unas palabras suyas que, por sí mismas, deberían generar sospecha al lector: Una “señal del cielo”, dice, le impulsó a escribir el texto. ¿Una señal del cielo? ¿Quiere decir que lo que dice se lo ha dicho Dios? ¿Cómo era esa señal para que podamos valorar si venía del cielo o no?.

Como se puede ver, en un solo párrafo se intenta manipular al lector doblemente. Por un lado, se presenta al presunto experto, y por el otro, se induce a creer que, además, el experto ha tenido una revelación divina que, por supuesto, no ha pasado por ningún proceso canónico de validación. Porque lo dice él y punto.

Y así se infantiliza la fe de los fieles, empleando técnicas persuasivas para que aquellos no reflexionen, solamente crean el mensaje suministrado a pies juntillas.

Los pastores, sacerdotes, catequistas y evangelizadores deben ser convincentes por sus propios razonamientos y no recurrir al argumento de autoridad de esta manera, pues no ayudan al fiel a descubrir la Verdad por sí mismo.