Evangelización activa

¿Es necio no ser creyente?

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El anuncio del evangelio no puede hacerse sin más. Hace poco, me compartían en un chat un video de una persona que se titulaba “Es de necios no ser creyente”.

He de decir que, aparte de chirriarme por todos lados el enunciado, también me chirrió que se compartiera en un chat donde había personas agnósticas y alejadas en la fe, así como otras que apenas tienen una relación personal con Dios.

El caso es que es un buen ejemplo de que no todo vale para hablar de la fe.
Llamar necio al que no es creyente no solamente es algo poco oportuno por fondo y forma sino que, además, se desvía de la ortodoxia doctrinal de la fe católica.

Efectivamente, si lo necio hace referencia, según el diccionario, a la persona ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber o bien, a falta de inteligencia o de razón o terca y porfiada en lo que dice o hace, quiere decir que estamos reduciendo la fe a una mera razón.

Reducir la fe a la dimensión de la inteligencia implica apartarse de la fe como acto de relación y confianza en Dios, pues ya no hace falta confiar, solo hace falta tener la creencia. También es desconocer que la persona, primero, y Dios, después, es un misterio que no puede quedar reducido a la mera razón. Como decía el santo si te cabe en la cabeza, es que no es Dios.

Por tanto, afirmar que es de necios no creer, no solamente es desacertado, es herético. Más aún, revela la propia necedad del que así lo proclama convirtiéndose él mismo en su propia afirmación: en un necio porfiado en lo que dice.

Si ya es grave de por sí levantar un altar a la razón para meter en ella algo que de por sí la trasciende, no menos grave es pretender hacer de menos a los que no creen y al propio Dios, ya que es desconocer que la fe es un regalo de Dios no un acto procedente de la voluntad e inteligencia humanas.

Una cosa es que Dios sea razonable, como decía Benedicto XVI, y otra cosa es que se pueda prescindir de Él, pues si algo es la fe es la iniciativa de Dios por pura misericordia. Es un don que se puede buscar y se puede pedir, pero no es un don que se pueda obtener en base a las facultades de uno, mucho menos a su propia voluntad.

En definitiva, un buen ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas, de cómo desviar a los creyentes por un camino que lleva al mal y de titulares facilones que solo buscan aumentar la notoriedad de quien los suscribe.

Recordemos siempre las alertas frente a los falsos profetas, pero también cómo Jesús se tuvo que enfrentar a las manipulaciones de la Palabra de Dios en el desierto por parte del diablo y también su llamada posterior a la vigilancia, a mantener las lámparas del aceite que las hace funcionar.