Sucedáneos en la evangelización

Recuerdo que estaba en la celebración de una boda. Era el momento de proclamar la segunda lectura: una carta de San Pablo. A la segunda frase me chirrió profundamente lo que oía. No porque el mensaje no fuera bonito sino porque el estilo y lenguaje de algunas frases no me cuadraba. Al salir de la celebración varias personas comentaron la belleza de lo leído. Mantuve cierto silencio y al cabo de unos días pedí a la novia que me enviara el texto de dicha carta porque “no me sonaba del todo” y me resultaba extraño. Cuando me lo envió confirmé mi intuición: al sacerdote y los novios – con nula formación y proceso – no se le había ocurrido otra cosa que fundir varias partes de una misma carta de San Pablo y añadir frases de cosecha propia.

Ni qué decir tiene que lo proclamaron como Palabra de Dios. Y todo ello en un insigne templo católico de Madrid (seguramente cedido para la ocasión y con sacerdote no habitual).

Es un hecho frecuente que claramente perjudica la Nueva Evangelización de los fieles. La responsabilidad suele ser de cierto tipo de sacerdotes principalmente.

Me refiero a todos esos casos en los que se rebaja la grandeza de las expresiones de la fe previstas en las liturgias en sus diversas formas a base de sustituir lo que la Iglesia tiene aprobado por sucedáneos presumiblemente más digeribles por los fieles.

Sería el caso de la experiencia que he contado o de la sustitución de determinadas plegarias durante la eucaristía por formulaciones propias; el cambio de textos evangélicos por otros adaptados; el cambio de fórmulas como el Credo durante el bautismo por credos de elaboración propia aparentemente más modernos; prescindir de la vestimenta de los sacerdotes que, fuera de casos extraordinarios y sin motivo justificado, prescinden de estolas y casullas al celebrar la misa en pequeños grupos para resultar “más cercanos”.

Y así, poco a poco, se van buscando motivos para ir rebajando y cambiando lo que nos une en la Iglesia por particularismos que suelen ser buena expresión de la ideologizada fe de quienes, sin motivo trascendente, así actúan. Paso a paso, se encargan unos y otros en volver sosa la sal que hemos recibido.

Y generalmente, cuando uno trata de indagar en los motivos para tales cambios, se encuentra con respuestas de lo más oportunistas que lo único que hacen es esconder el afán de quien así hace de sustituir la voluntad de la Iglesia por la suya propia sin encomendarse a nadie.

La explicación que más a menudo he recibido al respecto revela la propia inoperancia del quien la facilita. Me refiero a cuando se alega que se hace por motivos pedagógicos en la idea de que es más fácil o accesible la última ocurrencia del religioso o agente pastoral de turno que el acervo de que disponemos. Y digo tal cosa porque en el fondo lo que se esconde es la falta de esfuerzo en hacer brillar la simbología, liturgia y acervo de nuestra fe; en lugar de hacer un mayor esfuerzo por explicar los significados; por encontrar maneras de resaltar la grandeza de nuestros signos, se opta por atajos y rebajas bajo capa de bien.

Y si esto que comento tiene que ver con la evangelización es porque a causa de dichas maneras de proceder, se va incapacitando a los fieles para asombrarse ante el Misterio; para maravillarse ante formas y modos que lo son porque así lo está queriendo el Espíritu Santo que continuamente inspira a la Iglesia.

El resultado de proceder así es que los católicos pierden su capacidad de asombro; su sensibilidad para lo simbólico; su apertura a trascender lo que ven. Y lo que es más importante: los fieles adquieren la mentalidad de que algunas cosas se pueden relativizar sin más.

En definitiva, tenemos tesoros en la Iglesia que no deben ser sustituidos, sino descubiertos o redescubiertos. Apostemos por recuperar la fuerza de la simbología; la belleza de la liturgia; esforcémonos por hacerlos accesibles, le haremos un mayor favor a nuestra fe; los alejados reconocen más autenticidad en el rigor que en la puesta en escena facilona. No echemos en saco roto la Gracia de Dios como dice San Pablo, de hecho, aprovechémosla.

De hecho, este tipo de cosas nos sitúan ante el verdadero discernimiento: por ejemplo, cuando sustituimos una plegaria de la liturgia en la eucaristía por un bonito poema – por muy místico que sea – es que no nos hemos dado cuenta de varias cosas:

a) La plegaria tiene un sentido, significado y tradición que será difícilmente igualable por un poema;

b) Si lo sustituimos porque pensamos que “queda mejor” o “será más accesible al pueblo de Dios” es que el problema es nuestro por no saber hacer llegar la trascendencia de la plegaria. Es decir, el problema es nuestro, no de la liturgia.

c) El poema místico puede ser un buen medio en otro contexto que probablemente no se esté utilizando debidamente: puede ser idóneo para una paraliturgia o para un encuentro catequético o para alguna dinámica kerygmática. Pero claro, todo esto, exige más trabajo.

Lo mismo puede suceder con el autoengaño de que no llevar las vestimentas sacerdotales en la misa en celebraciones más íntimas bajo el pretexto de ser “más cercanos”, en realidad, oculta el hecho de que el sacerdote no necesita ser “más cercano” en ese momento si lo es habitualmente. En cambio, está restando solemnidad, hay una pérdida de simbología, una mundanización de lo sagrado…

Se confunde el abajamiento con el rebajamiento. El matiz es importante.

Es decir, a cada medio le corresponde su momento, lugar, contexto… no se trata de negar la creatividad, se trata de aplicarla donde se debe.

Una respuesta a “Sucedáneos en la evangelización”

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