Evangelización activa

Confundir medios con fines en las celebraciones eucarísticas

En un artículo anterior, hablábamos del descuido del acto de comunicar los “avisos” al finalizar la misa si lo que se quiere es convocar. Hoy comentamos también algo relacionado con la transmisión, pero en relación a la Palabra de Dios. Que la Palabra de Dios no se proclama en la eucaristía en España, como se merece, es algo constatable. Una de las razones es la falta de idoneidad del lector.

Ahora bien, uno de los motivos por las que los lectores son inadecuados es por manejar la errónea idea de que esta parte de la liturgia (Liturgia de la Palabra) se puede usar como medio de participación eclesial, sin más.

Así es, el equívoco consiste en buscar lectores de la Palabra nuevos “para conseguir que más personas se sumen a la participación en misa” o se vean “caras nuevas”. El problema de plantearlo así es que estamos usando la liturgia como un medio para una finalidad distinta con la que no es compatible si no se cumplen ciertas condiciones. Dicho de otro modo, la liturgia puede ser un medio para la participación, pero si se mantienen el espíritu y las condiciones propias de la liturgia. En otro caso, la sal de la liturgia se vuelve sosa.

La liturgia no puede ser medio para promover la participación si en lo que hay que participar requiere una cierta cualificación y se carece del perfil adecuado.

No es lo mismo hacer partícipes a los feligreses portando unas ofrendas que pedir a alguien a quien nunca se ha oído proclamar la Palabra de Dios (proclamar, mejor que leer) que lo haga porque así se ven rostros nuevos en las celebraciones parroquiales.

La falta de lectores en las eucaristías, normalmente es síntoma de una carencia en la planificación y en la preparación del sacramento cuya responsabilidad, en último término, será del párroco o persona o equipo designado por aquel para su coordinación.

La Palabra de Dios no solo debe ser leída, sino que debe ser escuchada y, a poder ser, sentida. Por ello, no pueden elegirse personas que no se conocen, saliendo a su encuentro los minutos antes de que de comienzo. Debe elegirse a alguien quien se tenga constancia que lee bien. Si no se puede garantizar, es mejor que lea el celebrante o una sola persona, aunque ello suponga transmitir una imagen de mayor pobreza en recursos humanos.

De hecho, con preparación adecuada, el lector ideal no es solo el que recita correctamente sino quien entona la Palabra como dirigida a él mismo pero sabiendo que la anuncia a los que le escuchan, es decir, quien es consciente de que no está leyendo sino anunciando la Palabra.

La proclamación de la Palabra no es una oportunidad de que se vean caras nuevas, sino de que cada uno pueda sentir la novedad del Evangelio como una palabra dirigida a él

La novedad de la Palabra no se debe expresar como quien cumple un trámite sino como quien tiene algo que contar y es consciente de que es algo que puede cambiar la vida de quien escuche.

Consejos:

  • Transmite que proclamar la palabra es un privilegio. Felicita al que lo haga bien, agradece su participación; promueve el ministerio de la lectura.
  • Si vas a elegir a alguien, no lo hagas en el último momento.
  • Si la situación de falta de lectores es recurrente, es porque fallan más cosas en la pastoral sobre las que hay que interrogarse en el momento oportuno y de la manera adecuada.
  • El lector debe tener conciencia de que va a anunciar la Buena Noticia y prepararse para ello.
  • La proclamación de la Palabra no es una oportunidad de que se vean caras nuevas, sino de que cada uno pueda sentir la novedad del Evangelio como una palabra dirigida a él.
  • Elige personas que tengan vida de oración habitual, será más probable que traten la Palabra con el cuidado que requiere y sea más consciente de la trascendencia del acto de leer.
  • El lector debería encomendarse al Espíritu Santo antes de salir a proclamar la Palabra con la convicción de que esta debe cumplir una misión.